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septiembre 26, 2020
Fluvio Ruiz

México y la Agencia Internacional de la Energía

Tiempo de reflexión: Fluvio Ruiz

El ingreso de México a la Agencia Internacional de la Energía (AIE)

Conforme al teórico regulacionista francés, Bruno Théret, el espacio de lo simbólico está situado entre el orden político y el económico. Allí́, la lógica política y económica se comunican a través de la mediación de ciertos andamiajes monetarios, jurídicos e ideológicos socialmente edificados. Estas construcciones, al integrarse en forma coherente y con plena legitimidad social, se vuelven el núcleo duro de un modo de regulación estatal. Más allá́ de su naturaleza intrínseca u original, ciertos eventos o decisiones tienen significación o relevancia en más de un plano de la vida social. 

Este es el caso del ingreso de México a la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Lo anterior, fue una decisión tomada exclusivamente por el gobierno de Enrique Peña Nieto; sin siquiera consultar oportunamente con el Senado las implicaciones geopolíticas de la misma. En realidad, esta medida fue el reflejo, en el orden económico, de un conjunto de decisiones del Estado mexicano; forjadas en el nivel ideológico y materializadas en el plano político. 

En efecto, uno de los rasgos más evidentes del marco jurídico derivado de la reforma energética es la total ausencia de consideraciones en materia geopolítica y de seguridad nacional. Convencidos de que el petróleo es una mercancía como cualquier otra; los impulsores de la reforma plasmaron en ella una visión ahistórica e idealizada del mercado petrolero internacional. 

Consulta más contenidos de Fluvio Ruiz: El péndulo regulatorio

Resulta difícil comprender cuáles fueron los objetivos centrales o el significado profundo para que México formara parte de la AIE. Este organismo fue creado por la OCDE a raíz del “shock” petrolero de 1973, cuando el precio del petróleo se cuadruplicó en unas semanas. Es decir, surgió́ para contrarrestar el poder de mercado de los países exportadores de crudo, particularmente los agrupados en la OPEP. 

Al momento de procesar el ingreso de México como miembro de la Agencia, solo Noruega era un importante país exportador de petróleo. Sigue sin parecer muy coherente para un país como el nuestro, modificar sustancialmente la perspectiva geopolítica de su inserción en el mercado petrolero mundial; y pasar a formar parte del ente que aglutina y organiza a los grandes países consumidores. 

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Por ello, en la plataforma electoral de la coalición vencedora en las pasadas elecciones presidenciales de 2018, se plasmó como el décimo eje estratégico en materia petrolera “recuperar las nociones e instrumentos de geopolítica y seguridad nacional en el sector petrolero”. Siendo el primer punto para conseguirlo, el de “evaluar la participación de México en la Agencia Internacional de la Energía; creada para defender los intereses de los países industrializados frente a los productores de petróleo”.

Después de más de un año de este Gobierno, la permanencia de México en la AIE despierta varias preguntas: ¿cuáles son las razones y el sentido de que México siga siendo miembro de este organismo? Visto el requisito de contar con capacidad de almacenamiento para 90 días que pide la Agencia; y la reciente directiva de la Sener para hacer mucho menos ambiciosos los objetivos nacionales en ese rubro: ¿es siquiera realista aspirar en el mediano plazo a ser un miembro como cualquier otro?; ¿no sería mejor explorar la posibilidad de un mayor acercamiento y mejor coordinación con la OPEP? 

Por: Fluvio Ruiz

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