Los ataques con drones atribuidos a Irán forzaron la suspensión total de la producción de gas natural licuado (GNL) en Ras Laffan y Mesaieed, los dos complejos industriales que concentran la infraestructura exportadora de QatarEnergy. El cierre retira de golpe cerca de una quinta parte de la capacidad mundial de exportación de GNL, un impacto pocas veces visto fuera de escenarios bélicos o desastres de gran escala.
Qatar no es un actor marginal: en 2025 despachó alrededor de 81 millones de toneladas métricas, con más del 80% dirigido a Asia —China, Japón, India y Corea del Sur— y una presencia relevante en Europa mediante contratos de largo plazo. El mayor complejo del mundo, Ras Laffan, procesa el gas del Campo Norte, compartido con Irán, y ha sido pieza central para estabilizar flujos tras la crisis energética europea.
La reacción fue inmediata. Los precios mayoristas del gas en Europa escalaron más de 30% en un solo día; el Brent avanzó alrededor de 8%. Mientras los envíos por el Estrecho de Ormuz —arteria por donde transita cerca del 20% del crudo global— se ralentizaron por el deterioro de la seguridad marítima. La competencia por cargamentos spot se intensificó y la prima geopolítica volvió a instalarse en las cotizaciones.
El conflicto también impacta a otros productores regionales. Israel ordenó el cierre temporal del yacimiento Leviatán. Y Arabia Saudita detuvo operaciones en Ras Tanura tras ataques con drones, añadiendo tensión a una cadena ya presionada.
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Si la interrupción se prolonga, el encarecimiento del gas podría trasladarse a la electricidad y a la inflación en economías importadoras. A mediano plazo, gobiernos y compradores evalúan diversificar proveedores, reforzar reservas estratégicas y acelerar alternativas domésticas. Más que un pico de precios, el episodio expone la fragilidad estructural del sistema global de GNL y podría reconfigurar flujos e inversiones durante años.